Ciro, no tiene el valor y le vale.

¿Cuánto valen los principios de un hombre? ¿Tienes el valor o te vale? Ciro Gómez Leyva, otrora un comunicador que admiraba, luego del robo que TVAzteca (señal con valor) hizo de la señal del Canal40, entró a formar parte del staff de comunicadores (sic) de Televisa. Y su periodismo cambió, dando un radical giro de 180 grados.
Escribe el viernes pasado (28 de marzo) en Milenio, hablando de Margo Glantz: “al recorrer los nombres de los diez intelectuales que aceptaron hacerle el juego al totalitarismo y la retórica xenófoba, protofascista de López Obrador, el de esta mujer virtuosa fue el que más me desanimó”.
Gómez Leyva ha escrito en otros momentos de su deseo por tener una democracia mexicana moderna, acorde a otras naciones, sobretodo europeas. Mañósamente olvida que en tales democracias consolidadas, cuando se atisba la intención de promulgar alguna ley que pretenda socavar derechos previamente adquiridos, la gente sale a la calle a protestar. Chile, Argentina, España, Alemania, sobre todo Francia, ejemplifican el poder del pueblo. En el documental “Sick-O” de Michael Moore, se entrevista a un activista social, cuestionándolo acerca de qué pasaría si el gobierno inglés pretendiera reducir los beneficios de la seguridad social. El entrevistado no tiene dudas al contestar: “la gente saldría a las calles; habría una revolución”.
Al llamar por su nombre - sin eufemismos - a las acciones concretas en la lucha por la defensa del petróleo (toma de instalaciones, bloqueo de carreteras, paro nacional, etc.), López Obrador no desquició el tráfico de la ciudad, ni ha cambiado su discurso de la resistencia civil pacífica. ¿Radicalizó el discurso y al hacerlo, el país ingresó a la antesala del fascismo? Ni Gómez Leyva ni ningún otro, alzaron la voz cuando en Los Ángeles, California, el pasado 14 de febrero, Calderón dijo que PEMEX tenía tres opciones: quedarse como está, hacer alianzas con la iniciativa privada, o destinarle más recursos con una terrible advertencia: habría que restarlos “de la educación, la salud, el campo o la seguridad”. Esa amenaza, radicada en la eliminación de derechos humanos (derecho a la educación, derecho a la salud, derecho a la alimentación, derecho a la seguridad y tranquilidad) ¿suavizó el tono de la discusión en torno a la reforma energética? ¿Alentó la existencia de espacios de debate?
El gobierno federal, hasta el 30 de marzo del 2008, ha ocultado sus intenciones con PEMEX. No se sabe cómo viene la reforma, qué puntos contendrá. Cuando se le pregunta por ella, lo niega. Negó la autoría del ridículo y patriotero spot del tesoro en aguas profundas, para a la semana siguiente, lanzarlo al aire. Libros atemporales que van de la Biblia (Apocalipsis 3:15-16) al Príncipe de Maquiavelo, hablan del desprecio que merecen los tibios, los indecisos. Ciro Gómez y la caterva de sus seguidores, olvidan una lectura básica del sabio florentino, en su capítulo XXI: “el pueblo tiene en mayor estima al príncipe capaz de ser amigo o enemigo franco, al que sin temores de ninguna índole, es capaz de declararse a favor de un bando y en contra de otro”. Es lo agradecible en López Obrador: ser un opositor abierto, claramente identificado, con la capacidad de movilizar un ejército social que no pretende cargos de gobierno, reducciones de impuestos o prebendas sexenales, tan solo la convicción de seguir a un líder y defender sus ideas y conquistas históricas, en ésta ocasión, la riqueza petrolera. López Obrador se aviene al poder del pueblo para el pueblo, definición clásica de Pericles y Aristóteles al hablar de democracia. Como domingo a domingo lo escribe Ortiz Pinchetti, asistimos a El Despertar de la sociedad mexicana, algo que Gómez Leyva no tiene el valor de aceptar. Le vale.
“Protofascismo”. Palabra chispeante - quizás festinada como gran ocurrencia entre sus amigos - que el señor Gómez Leyva gusta de lanzar de tiempo en tiempo, cual surtidor de fuegos artificiales, detrás de la cual vive la inocultable necesidad de trascendencia. Una lástima. Ciro no tiene el peso del mesías intelectual, Enrique Krauze, para que su frase devenga inmortal y los comunicadores la repitan una y otra vez.
Ojalá no lo ignore, o se lo diga su amigo Jorge Castañeda: los empleados de Televisa (ejemplos sobran: Jacobo Zabludovsky, Guillermo Ortega, José Cárdenas), tienen vocación de Kleenex: te usan, luego te ensucian, al final te tiran.
Revista Politkovskaya
